No es desorden: es una operación atrapada en la memoria
ERP para PYME
Hoy estaba revisando notas de proyectos antiguos, de esos que se guardan porque ahí hay aprendizajes que costaron caros. Sin buscar nada en particular, volvió a mi cabeza una agencia creativa con la que trabajé hace tiempo. No por nostalgia, sino porque ciertos patrones reaparecen cuando se mira con distancia y sin prisa.
Era un equipo pequeño y muy talentoso. Catorce personas que sabían hacer bien su trabajo y que desde fuera proyectaban una imagen sana: clientes interesantes, buen ambiente y mucha pasión por lo que hacían. Desde dentro, sin embargo, el cansancio era constante, aunque casi nunca se decía en voz alta. No era agotamiento por exceso de trabajo, sino algo más difícil de señalar.
Cuando un proyecto nunca termina, el desgaste se normaliza
El problema no era cuánto trabajaban, sino que nunca estaba claro cuándo un proyecto terminaba. Los cambios entraban todo el tiempo. Siempre eran “pequeños”, siempre “rápidos”, siempre con la sensación de que decir que no era quedar mal con el cliente. El precio ya estaba cerrado, pero el esfuerzo real se iba acumulando semana tras semana sin aparecer en ningún sistema.
Al empezar a hablarlo con calma, surgió algo incómodo. La dirección evitaba poner límites claros y ese costo se trasladaba directamente al equipo. No por mala intención, sino por miedo. Miedo a perder clientes, a generar fricción, a tener conversaciones difíciles. Esa falta de definición se pagaba en silencio.
Las consecuencias eran muy concretas. Jornadas largas normalizadas. Proyectos que en papel parecían rentables, pero en la práctica drenaban energía. Creativos rehaciendo piezas sin saber si eso tenía sentido económico. Finanzas incapaces de decir cuánto dejaba realmente cada proyecto porque no existía trazabilidad ni una arquitectura clara del trabajo.
Creatividad sin límites no siempre es libertad
Muchos defendían esa forma de operar con una frase conocida: “Así es la creatividad, no se puede encajonar”. Pero cuando se miró de frente, la pregunta fue otra. ¿De verdad es libertad si el equipo nunca puede decir que no? ¿O es simplemente una forma elegante de trasladar el riesgo hacia abajo?
La solución no fue meter burocracia ni matar la creatividad. Fue cerrar cosas básicas que nadie había querido definir. Qué se entrega, cuándo termina un proyecto, qué entra y qué ya es un cambio. El sistema empezó a decir “hasta aquí” donde antes las personas no podían, apoyado en una plataforma que hacía visibles los límites y ordenaba el trabajo.
Lo interesante fue que ocurrió lo contrario a lo que muchos temían. El trabajo no se volvió más rígido, se volvió más justo. El cliente entendió mejor los límites. El equipo dejó de pagar con su tiempo la ambigüedad de otros. La eficiencia operativa mejoró sin perder calidad ni criterio creativo.
Por eso la pregunta es honesta. ¿Estás a favor o en contra de esta idea? Cuando una empresa presume libertad creativa pero no protege el tiempo de su gente, no está siendo flexible. Está siendo cómoda con el desgaste. Y eso suele revelar una falta de alineación tecnología–negocio y de liderazgo ejecutivo real.
Si has vivido algo parecido, desde la dirección o desde el equipo, me interesa leer cómo lo ves.